En Matsumoto, Japón, en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, un violinista llamado Shinichi Suzuki observaba a los chicos que lo rodeaban y notó algo que parecía demasiado obvio para ser interesante. Todos, sin excepción, hablaban japonés. Con fluidez. Un idioma tan difícil que a muchos adultos extranjeros les lleva años dominarlo. A ningún chico lo habían elegido por su talento para los idiomas. A ninguno lo habían dejado atrás por no tenerlo. Simplemente habían crecido rodeados del idioma, les hablaban todos los días y los corregían con paciencia, y todos lo habían aprendido. Suzuki se hizo una pregunta que cambió el rumbo de su vida: ¿y si la capacidad funcionara así en todo?
El país donde todos los chicos aprenden lo imposible
A los veintitantos, mientras estudiaba violín en Berlín, a Suzuki le había costado mucho aprender alemán, y ese contraste le quedó grabado. Hombres adultos luchaban con un idioma que los chicos de cinco años del lugar hablaban sin esfuerzo aparente. Llegó a la conclusión de que la diferencia estaba en el entorno y no en el talento: la inmersión, escuchar todos los días, la corrección cariñosa, los años de repetición sin presión. Llamó a su enfoque método de la lengua materna, y a la filosofía que lo sostenía, Educación del Talento.
Su afirmación era directa: la capacidad musical no es un don innato reservado a unos pocos afortunados, sino una capacidad que crece en cualquier chico que tenga el entorno adecuado. Se propuso demostrarlo enseñando a chicos muy pequeños a tocar el violín de la misma forma en que habían aprendido a hablar: primero escuchando, después imitando, repitiendo y manteniendo cada pieza temprana siempre en el repertorio. Los adolescentes formados con su método todavía tocan las sencillas variaciones de «Estrellita, ¿dónde estás?» que aprendieron a los cuatro años.
Tenía muy claro cuál era su objetivo. Lo repitió muchas veces: no quería fabricar niños prodigio ni solistas de concierto, sino formar seres humanos íntegros, de buen carácter, y la música era el medio. Hoy su método llega a cientos de miles de chicos en decenas de países.
Donde hay que tener cuidado
Sería fácil saltar de ahí a una conclusión reconfortante: el talento es un mito y cualquier chico puede llegar a ser cualquier cosa. La investigación no respalda esa versión extrema, y presentarla como si la respaldara no le haría ningún favor a nadie.
El experimento más famoso en este terreno muestra justamente cómo la esperanza puede adelantarse a la evidencia. En 1965, Robert Rosenthal y Lenore Jacobson les tomaron un test común a los chicos de una escuela primaria de California y después les dijeron a los docentes que el test había identificado a ciertos alumnos como «de florecimiento intelectual», a punto de dar un salto. En realidad, esos alumnos habían sido elegidos al azar. Cuando volvieron a evaluar a los chicos, el grupo señalado había avanzado más que los demás, sobre todo en primero y segundo grado. La conclusión resultaba muy tentadora: lo que cree un docente podía transformar la inteligencia de un chico.
El estudio se convirtió en uno de los más citados de la historia de la educación, y también en uno de los más discutidos. Análisis posteriores señalaron que el test usado era poco adecuado para los más chicos, justo donde el efecto era mayor, y que decenas de intentos de reproducir el resultado dieron resultados mixtos y muchas veces débiles. Hoy la interpretación es más prudente: las expectativas de los docentes son reales e influyen en cómo se comportan, pero empujan un poco los resultados en lugar de transformarlos, y no pueden crear capacidad de la nada.
Lo que realmente respaldan los estudios sobre expectativas
Rosenthal y Jacobson, 1968, y cincuenta años de seguimiento
El debate que sigue abierto en la investigación
Hoy la ciencia sigue sin ponerse de acuerdo, y quienes crían a un chico merecen saber que la cuestión no está resuelta, en lugar de que les vendan una sola postura.
En 1993, Anders Ericsson y sus colegas estudiaron a violinistas de una academia de música de Berlín y concluyeron que a los mejores los separaba del resto, sobre todo, la cantidad de horas acumuladas de lo que él llamó práctica deliberada: trabajo concentrado, exigente y bien diseñado en el límite de la capacidad del momento. En las versiones populares, el hallazgo se simplificó hasta convertirse en el eslogan optimista de que cualquiera puede dominar cualquier cosa con suficientes horas.
Después, en 2014, Brooke Macnamara, David Hambrick y Frederick Oswald reunieron 88 estudios y analizaron los datos de música, deporte, juegos, educación y distintas profesiones. La práctica importaba, de forma clara y constante, pero explicaba solo una parte de la diferencia entre las personas: alrededor del 12 por ciento en total, y menos en algunos campos. Buena parte de las diferencias dependía de otros factores. Ericsson rechazó ese análisis, con el argumento de que habían contado el tipo equivocado de práctica, y desde entonces los dos bandos siguen discutiendo sin llegar a una conclusión.
Más allá de ese debate hay un hallazgo más sencillo, el de la genética del comportamiento de las últimas décadas: casi todos los rasgos humanos se forman por la herencia y el entorno juntos, y ninguno anula al otro. Un chico llega con un temperamento y unas tendencias propias. Lo que pasa a su alrededor moldea en qué se convierten esas tendencias. Suzuki tenía razón en que el entorno hace un trabajo enorme. Sus críticos tienen razón en que los chicos no son una hoja en blanco.
Qué podemos hacer como madres y padres
Si ponés el optimismo de Suzuki al lado de la prudencia de los investigadores, aparece un punto medio útil. El techo de un chico es mucho más alto de lo que sugiere el resultado de un solo test, y responde mucho más a lo que lo rodea de lo que da a entender la palabra «talento». Al mismo tiempo, ningún entorno convierte a cualquier chico en cualquier tipo de persona, y a un chico al que empujan hacia un potencial que eligió un adulto no lo están ayudando a encontrar el suyo.
El objetivo no es el máximo rendimiento, sino la mayor variedad posible de experiencias, ofrecidas con cariño, para que las verdaderas aptitudes del chico tengan lugar para mostrarse. La lectura es la más barata y la más amplia de esas experiencias, porque un libro puede llevar a un chico a cualquier campo antes de que alguien haya decidido cuáles son los suyos.
Imaginá dos casas
En una, al chico lo miden temprano, le ponen una etiqueta y lo orientan hacia lo que esa etiqueta indica. En la otra, le leen sobre todos los temas imaginables, se fijan en qué le ilumina la cara y lo alientan hacia eso. La primera casa intenta cumplir una predicción. La segunda intenta hacer un descubrimiento. Solo en una de ellas el protagonista es el potencial del propio chico.
Cómo aplicarlo hoy
Ampliá las opciones antes de reducirlas. Un chico pequeño no necesita una especialidad. Necesita conocer muchos temas y experiencias, para que lo que lleva adentro tenga la oportunidad de salir a la luz. Leer sobre temas muy distintos es la forma más barata de hacer ese experimento, y es la misma variedad que alimenta la creatividad.
Observá en lugar de asignar. En los primeros años, el trabajo de quien cría se parece más al de un naturalista que al de un entrenador: notá a qué vuelve el chico por su cuenta y alimentá eso, en lugar de decidir de antemano para qué va a ser bueno.
Valorá el esfuerzo como algo que se entrena. Más allá de cómo se repartan exactamente la naturaleza y la práctica, la práctica importa, y un chico que cree que el esfuerzo cambia los resultados se anima a más. Elogiá el trabajo y la estrategia, no la etiqueta fija de ser inteligente.
Cuidado con las etiquetas, para bien y para mal. Que le digan a un chico que es superdotado puede volverlo frágil y temeroso de fallar; que le digan que no lo es puede volverse realidad sin que nadie lo note. Ningún juicio sobre un chico tan pequeño merece la seguridad con que los adultos lo pronuncian.
Protegé los años sin presión. Todo el sistema de Suzuki se apoya en la repetición sin presión, como el bebé que balbucea hasta llegar a hablar sin que nadie le ponga una nota. Un chico necesita largos períodos de práctica sin miedo a fallar, y leer por placer es justamente ese tipo de práctica para la mente.
Fuentes y lecturas recomendadas
- Shinichi Suzuki, Nurtured by Love: The Classic Approach to Talent Education (1969; Alfred Music edition)
- International Suzuki Association, statements of the Talent Education philosophy and the mother-tongue method
- European Suzuki Association, Suzuki's writings on developing human potential
- Asia Region Suzuki Association, "Dr. Suzuki and His Philosophy"
- Robert Rosenthal and Lenore Jacobson, Pygmalion in the Classroom: Teacher Expectation and Pupils' Intellectual Development (Holt, Rinehart and Winston, 1968)
- Robert L. Thorndike, critical review of the TOGA instrument used in Pygmalion, American Educational Research Journal (1968)
- Samuel S. Wineburg, "The Self-Fulfilling Prophecy of Teacher Expectations," and subsequent critiques of the Pygmalion studies
- Lee Jussim and Kent D. Harber, "Teacher Expectations and Self-Fulfilling Prophecies: Knowns and Unknowns, Resolved and Unresolved Controversies," Personality and Social Psychology Review 9 (2005)
- Katherine Ellison, review of the Pygmalion controversy and its replication history
- K. Anders Ericsson, Ralf Th. Krampe and Clemens Tesch-Römer, "The Role of Deliberate Practice in the Acquisition of Expert Performance," Psychological Review 100 (1993)
- Brooke N. Macnamara, David Z. Hambrick and Frederick L. Oswald, "Deliberate Practice and Performance in Music, Games, Sports, Education, and Professions: A Meta-Analysis," Psychological Science 25 (2014)
- Brooke N. Macnamara, David Moreau and David Z. Hambrick, "The Relationship Between Deliberate Practice and Performance in Sports: A Meta-Analysis," Perspectives on Psychological Science 11 (2016)
- K. Anders Ericsson and Kyle W. Harwell, "Deliberate Practice and Proposed Limits on the Effects of Practice," Frontiers in Psychology 10 (2019)
- Robert Plomin, Blueprint: How DNA Makes Us Who We Are (MIT Press, 2018)
- Eric Turkheimer, "Three Laws of Behavior Genetics and What They Mean," Current Directions in Psychological Science 9 (2000)
- Carol S. Dweck, Mindset: The New Psychology of Success (Random House, 2006), read alongside the mixed replication record of growth-mindset interventions
- David Epstein, Range: Why Generalists Triumph in a Specialized World (Riverhead Books, 2019)
- David Epstein, The Sports Gene: Inside the Science of Extraordinary Athletic Performance (Current, 2013)
- Benjamin S. Bloom, ed., Developing Talent in Young People (Ballantine Books, 1985)
- Angela Duckworth, Grit: The Power of Passion and Perseverance (Scribner, 2016), with attention to later critiques of grit's predictive power

