En el Kalahari, una antropóloga llamada Polly Wiessner pasó cuatro décadas escuchando a los ju/’hoansi. Notó algo y decidió medirlo: de qué hablaba la gente de día y de qué hablaba cuando oscurecía. La respuesta resultó ser dos actividades casi completamente distintas.

La charla del día y la charla junto al fuego

Wiessner analizó 174 conversaciones grabadas entre los años setenta y los dos mil, junto con 68 textos traducidos, y publicó los resultados en los Proceedings of the National Academy of Sciences en 2014.

Qué cambiaba cuando se ponía el sol

Comunidades ju/’hoansi, sur de África

La conversación de día era, en su gran mayoría, práctica, y cuando era social, casi siempre era correctiva: quejas, disputas, chismes que presionaban a la gente para que se portara bien. Al oscurecer, alrededor del fuego, el tema cambiaba casi por completo.

Día: comida, trabajo, tierra, discusiones, críticas
Noche: historias, y personas que no estaban presentes
Efecto: las tensiones del día se suavizaban
También transmitían: costumbres, obligaciones, cómo se hacen las cosas

Las historias de la noche hablaban de cacerías pasadas, peleas por la carne, casamientos y costumbres de cortejo, nacimientos, asesinatos, incendios en el monte, gente que se perdía, tratos con grupos lejanos y, en las últimas décadas, camiones que se rompían. La vida común, vuelta a contar.

Fijate lo que hace esa combinación. El mismo grupo que pasó la tarde discutiendo cómo repartir la carne pasó la noche riéndose de una historia sobre el abuelo de alguien. Las historias estaban reparando los vínculos.

Imaginá la escena

No hay paredes. Hay un fuego, la oscuridad más allá, y ocho o diez personas que están fastidiadas entre sí desde el mediodía. Alguien empieza a contar una cacería que salió mal hace años. En un minuto, el que estaba más enojado es el que más se ríe. Nadie pidió perdón. La discusión simplemente terminó.

Valía la pena tener narradores

Un estudio relacionado sobre los agta, un pueblo cazador-recolector de Filipinas, fue más lejos. Los investigadores dirigidos por Andrea Migliano encontraron que los campamentos con narradores más hábiles mostraban más cooperación, y que los buenos narradores tenían más hijos que sus pares.

Es decir, contar historias no era un pasatiempo que las sociedades podían permitirse una vez terminado el trabajo de verdad. Parece parte del mecanismo que hacía posible ese trabajo, y ser bueno en eso daba una ventaja medible.

Qué pasa entre dos cerebros

En 2010, tres investigadores de Princeton llevaron la pregunta a un escáner. Greg Stephens, Lauren Silbert y Uri Hasson grabaron a una joven contando sin ensayar, durante quince minutos, la historia de su baile de graduación de la secundaria mientras una resonancia magnética funcional seguía su cerebro. Después les pasaron la grabación a oyentes dentro de la misma máquina.

Usaron la actividad cerebral de quien hablaba para predecir la de los oyentes, y funcionó. Los patrones del cerebro del oyente reflejaban los de la narradora, un poco por detrás de los de ella a medida que la historia avanzaba.

El acoplamiento desaparecía cuando la comunicación se cortaba. Dos cerebros se sincronizan solo cuando la historia de verdad llega.

Dos hallazgos más lo afinan. Algunas regiones del cerebro del oyente no iban detrás de la narradora; iban adelante, anticipando lo que venía, y cuanto más fuerte era esa anticipación, mejor entendía el oyente la historia. Entender a alguien no es recibir de forma pasiva. El oyente va anticipando la historia, un poco por delante de quien la cuenta, y la conexión es lo que se siente cuando las dos predicciones coinciden.

El fuego toma distintas formas

Toda cultura que necesitó que su gente se mantuviera unida construyó su versión de ese fuego. Vale la pena conocer tres de cerca.

El hakawati de Damasco

Café Al-Nawfara, junto a la Mezquita de los Omeyas, ciudad vieja de Damasco

A las ocho de la noche entra el narrador con ropa tradicional damascena y un tarbush, sube a una silla elevada por encima de las mesas, abre un libro y lee una entrega de una epopeya mientras corta el aire con una espada o un bastón en los momentos de peligro. Después se detiene, en plena crisis, y todos vuelven al día siguiente.

Las epopeyas: Antara ibn Shaddad, el poeta guerrero, y el sultán Baibars
Solo la de Baibars: 356 entregas
El último hakawati: Abu Shadi, Rashid al-Hallaq, que revivió el oficio en los años setenta por deseo de su padre
Lo que casi lo hizo desaparecer: la radio en los años veinte, y después la televisión

Una historia por entregas cortada en el momento de máximo suspenso, en un café, es un mecanismo perfecto para que la gente vuelva a la misma sala noche tras noche. Durante el Ramadán la tradición revive: los chicos se sientan con las piernas cruzadas adelante, y los oyentes mayores mueven los labios con pasajes que conocen desde chicos. Un miembro de la familia que maneja el café lo resumió así: el narrador era su vieja televisión.

Ese detalle de mover los labios en silencio es exactamente lo que hace tu familia cuando alguien empieza una historia que todos escucharon cincuenta veces. Nadie lo interrumpe. La repetición es justamente lo que importa.

El círculo de yarning

Comunidades aborígenes y de las islas del Estrecho de Torres, Australia

Yarn significa charlar y compartir historias. En un círculo de yarning, la gente se sienta frente a frente sin nadie en la cabecera, y cada uno habla sin que lo interrumpan. Los investigadores distinguen el yarning social, el yarning colaborativo, donde las ideas se construyen juntas, y el yarning temático, centrado en una pregunta concreta.

Estructura: un círculo, para que todos se vean por igual
Se rige por: protocolos y principios documentados
Entre ellos: reciprocidad, responsabilidad, vínculo, dignidad, igualdad
Práctica relacionada: los círculos de palabra de las Primeras Naciones de Norteamérica

El yarning no es solo patrimonio. Hoy es el método más recomendado para recoger información en la investigación sanitaria con pueblos aborígenes e isleños del Estrecho de Torres, y las escuelas de Queensland usan círculos de yarning en las aulas. Que una forma de narrar se considere lo bastante sólida para sostener investigación médica y educación formal dice algo sobre lo bien que funciona.

En África occidental, los griots cumplen una tercera versión de ese papel. Mujeres y hombres con la responsabilidad hereditaria de guardar genealogías e historia, conservan la epopeya de Sundiata, que fundó el imperio de Malí en el siglo XIII. El registro que un pueblo tiene de sí mismo, sostenido en la actuación y no en un archivo, que une a cada oyente con una línea que se remonta siglos atrás.

Damasco cuenta por entregas para que la gente vuelva. Australia arma el círculo para que nadie esté por encima de nadie. África occidental hace a una familia responsable de recordar a todos. Tres soluciones distintas para el mismo problema: ¿cómo mantener a un grupo de personas unido?

¿Hay una sola historia debajo de todas?

La respuesta más famosa es la de Joseph Campbell. En El héroe de las mil caras, publicado en 1949, sostuvo que los mitos de todo el mundo siguen un único patrón de fondo, que llamó monomito, palabra que tomó de James Joyce. Un héroe deja el mundo común, enfrenta pruebas en uno extraño y vuelve con algo que la comunidad necesita. Separación, iniciación, regreso.

Campbell llegó a un público enorme, sobre todo después de sus conversaciones televisivas de 1988 con Bill Moyers, y llevó a varias generaciones de lectores hacia mitologías que de otro modo nunca habrían abierto.

Los folcloristas pasaron décadas objetándolo, y su objeción importa acá, porque toca directamente todo lo anterior.

Los argumentos contra el monomito

Folclore y antropología, desde los años ochenta

La acusación no es que Campbell no encontró nada. Es que lo encontró eligiendo qué mirar, y que aplanar las diferencias destruye el sentido que las historias tienen en los lugares de donde vienen.

Alan Dundes: afirmó la universalidad en lugar de documentarla
Barre Toelken: el patrón se sostiene solo si dejás de lado las historias que lo rompen
Marta Weigle: las mujeres aparecen poco, y cuando aparecen son versiones de hombres
Lesley Northup: la mitología comparada se alejó de las categorías universales

El ejemplo de Toelken es el más contundente. Señaló relatos indígenas en los que, al final, la cultura no se renueva sino que se destruye: historias que no entran en una forma donde el héroe vuelve con un regalo. Un patrón que te obliga a ignorarlas es un patrón que en parte construiste vos. El antropólogo Donald Consentino lo dijo de forma memorable, advirtiendo contra una «sopa Campbell» de mitos en la que todo el sabor local se pierde al hervir.

Poné eso al lado del hakawati, el círculo de yarning y el griot. No son tres variaciones de una misma historia. Son tres tecnologías distintas, cada una pensada para un problema social diferente, y la inteligencia está justamente en las diferencias.

La mejor respuesta

Campbell se preguntó si todas las historias comparten una trama. La evidencia de este artículo sugiere que la pregunta correcta siempre fue otra.

Lo que señalan los fuegos de los ju/’hoansi y los escáneres de Princeton no es una historia común sino un efecto común. Las historias concentran la atención en un mismo punto. Llevan a los oyentes a imaginar la misma escena, casi al mismo ritmo. Permiten que un grupo se repare sin que nadie tenga que pedir perdón. Llevan consigo a personas que no están en la sala.

Nada de eso depende de que las tramas coincidan. Una epopeya damascena sobre un sultán del siglo XIII y una historia sobre la vez que tu abuela quemó la cena hacen un trabajo narrativo completamente distinto, y las dos pueden producir la misma conexión entre quien cuenta y quienes escuchan.

Las historias no nos unen porque en secreto sean iguales. Nos unen por lo que contar una le hace a la gente que está en la sala.

Por qué esto se siente como cercanía

Si ponés las dos líneas de evidencia lado a lado, el mecanismo no tiene nada de misterioso.

  • Atención compartida. Mientras dura una historia, el grupo comparte un solo foco. Eso no es frecuente, y es la condición para todo lo demás.
  • Un mundo interior compartido. Los oyentes no reciben un informe: imaginan la misma escena que todos los demás presentes.
  • Distancia segura. Una historia sobre la mala decisión de otro se puede comentar sin que nadie tenga que defenderse. Las tensiones que vio Wiessner se suavizaban porque nadie tenía que admitir nada.
  • Alcance más allá de la sala. La charla junto al fuego hablaba sobre todo de gente que no estaba, y así un grupo chico se mantiene conectado con una red mucho más grande.

La versión que ya tenés

Toda familia tiene su canon privado: cómo se conocieron tus papás, las vacaciones desastrosas, el pariente que dijo lo imperdonable en un casamiento. Se cuentan una y otra vez con las mismas frases, y todos toleran la repetición, porque la exactitud nunca fue lo importante. Contarlas es un ritual de pertenencia. Conocer las historias es lo que hace que alguien sea familia y no invitado.

Lo mismo pasa con un libro leído cuarenta veces a un chico. No está buscando información. Te está pidiendo a vos: esa voz, esas pausas, en el lugar de siempre, otra vez.

Qué significa esto para vos

  • Cuidá la noche. Lo que mostró el estudio de los ju/’hoansi es que la charla que une ocurre a otra hora que la charla de logística. Una casa donde solo se habla de horarios tiene conversación de día todo el día.
  • Contá los fracasos. Las historias que unían a los grupos de Wiessner hablaban sobre todo de planes que salían mal. La competencia impresiona; el desastre une.
  • Repará de forma indirecta. Después de un día difícil con un chico, una historia muchas veces funciona donde una charla sobre conducta no.
  • Repetí sin vergüenza. Volver a contar no es falta de imaginación. Es la forma en que un grupo confirma quién es.
  • Hablá de los que no están. Abuelos, antepasados, viejos vecinos. Así un chico hereda una red más grande que la casa donde vive.

Esto pasó durante cincuenta mil años antes de que alguien escribiera algo, alrededor de fogatas, al final de días que muchas veces habían sido difíciles. La tecnología cambió. Un libro antes de dormir es un fuego con mejor iluminación.

¿Qué historia cuenta tu familia una y otra vez, aunque todos sepan cómo termina? ¿Qué creés que hace realmente ese ritual?

Fuentes y lecturas recomendadas

  1. Polly W. Wiessner, Embers of society: Firelight talk among the Ju/’hoansi Bushmen, Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(39), 2014
  2. Robin Dunbar, How conversations around campfires came to be, commentary in PNAS, 111(39), 2014
  3. University of Utah, Firelight talk of the Kalahari Bushmen, summary of the study’s findings
  4. Daniel Smith, Philip Schlaepfer, Andrea Migliano et al., sobre narración, cooperación y éxito reproductivo entre los agta de Filipinas
  5. Greg J. Stephens, Lauren J. Silbert, and Uri Hasson, Speaker-listener neural coupling underlies successful communication, Proceedings of the National Academy of Sciences, 107(32), 2010
  6. Uri Hasson, Princeton Neuroscience Institute, lectures and papers on shared neural responses during storytelling
  7. Asieh Zadbood et al., How We Transmit Memories to Other Brains, Cerebral Cortex, 27(10), 2017
  8. Arab America, Storytelling at the Al-Nawfara Coffee-House, and Gulf News, A revival of tradition, on the hakawati of Damascus
  9. Syrian Arab News Agency, In Damascus, a Ramadan storyteller keeps a fading tradition alive
  10. Stuart Barlo, William Boyd, Alessandro Pelizzon, and Shawn Wilson, Yarning as Protected Space: Principles and Protocols, AlterNative, 2020
  11. Dawn Bessarab and Bridget Ng’andu, on yarning as a research method, and the Queensland Curriculum and Assessment Authority guidance on yarning circles
  12. Joseph Campbell, The Hero with a Thousand Faces, 1949
  13. Alan Dundes, Presidential Plenary Address to the American Folklore Society, Journal of American Folklore, 118(470), 2005
  14. Barre Toelken, The Dynamics of Folklore, revised edition, Utah State University Press, 1996
  15. Lesley Northup, Myth-Placed Priorities: Religion and the Study of Myth, Religious Studies Review, 2006, and Marta Weigle on gender in the monomyth