Hacia el año 1020, una chica de doce años llegó a la capital japonesa después de un viaje de tres meses desde las provincias. Había pasado su infancia en Kazusa, en el otro extremo del Gran Camino del Este, escuchando fragmentos de una historia llamada La historia de Genji, que su madrastra y su hermana le contaban de memoria. Fragmentos de segunda mano. Nunca el libro en sí. Cuando llegó a la capital hizo lo que cualquiera de nosotros habría hecho a los doce, con pocos libros y muchas ganas: rezó para conseguir un ejemplar.

La chica que rezaba por una novela

No sabemos su nombre. La llaman la hija de Takasue, o la dama Sarashina, por el diario en el que, ya con cincuenta y tantos años, repasó su vida. El Sarashina Nikki es uno de los documentos más singulares y entrañables que sobrevivieron del Japón Heian, porque gran parte trata de las ganas de leer.

Al final, una tía le regaló el Genji completo, más de cincuenta capítulos. Cuenta que se acostaba detrás de su biombo y lo recorría rollo por rollo, y dice que no habría cambiado esa experiencia ni por el lugar de emperatriz. También anota un sueño en el que un sacerdote le ordena estudiar el quinto volumen del Sutra del Loto, que era lo que una persona seria de su mundo debía leer. Ella lo ignora. Vuelve al relato.

Mil años después, el dilema sigue siendo el mismo. Está la lectura que se supone que tenés que hacer y está la lectura que no podés soltar, y a la segunda se la considera menos importante. La evidencia dice lo contrario.

Lecturas entre cigarros, en La Habana y Tampa

En 1865, en una fábrica de tabacos de La Habana, un obrero llamado Saturnino Martínez propuso algo nuevo. Torcer cigarros ocupa las manos y los ojos y deja la mente ociosa diez horas por día. Los trabajadores empezaron a turnarse para pararse en el medio de la galera y leer en voz alta media hora mientras los demás torcían. Para cubrir el sueldo que el lector perdía mientras leía, el resto del salón ponía de su propio bolsillo entre veinticinco y cincuenta centavos por semana cada uno.

En un año la costumbre se extendió por La Habana, después llegó a Key West y Tampa con los trabajadores cubanos que huían de la Guerra de los Diez Años, y más tarde a Puerto Rico, México y la República Dominicana. Quien leía era el lector, y el detalle clave es quién elegía. Los trabajadores votaban qué leer. No los dueños. Diarios a la mañana, novelas a la tarde, y los trabajadores elegían de una lista corta.

Imaginá la escena

Doscientas personas, manos que se mueven sin necesidad de mirarlas, polvo de tabaco en la luz. Una sola voz desde una silla elevada en el centro del salón, leyendo un capítulo de Dumas. Nadie está en clase. Y sin embargo, todos están aprendiendo. Al terminar el turno, la discusión sobre lo que tendría que haber hecho el personaje sigue en la calle.

Elegían a Victor Hugo, Émile Zola, Benito Pérez Galdós y, sobre todo, Alexandre Dumas. Los torcedores querían tanto El conde de Montecristo que una de las marcas de cigarros más famosas del mundo lleva su nombre. En 1903, dos torcedores de Tampa se batieron a duelo con pistolas por una discusión sobre si la novela que leía el lector era apropiada para las mujeres del salón. Así de en serio se tomaban la lectura.

Luisa Capetillo, la sindicalista y escritora puertorriqueña, trabajó como lectora en fábricas de Puerto Rico, Tampa y Nueva York. Araceli Tinajero, que reconstruyó toda la historia y entrevistó a lectores que todavía trabajan, cuenta que en los años veinte, cuando llegó la radio y los dueños esperaban que la costumbre muriera, los trabajadores igual conservaron al lector. Una voz humana en vivo leyendo una novela le ganó al entretenimiento gratuito de la radio. En La Habana todavía hoy se contratan lectores.

Qué pasa con los chicos que leen porque quieren

Alice Sullivan y Matt Brown, del Institute of Education, siguieron a unas 6.000 personas del Estudio de Cohorte Británico de 1970 y compararon sus hábitos de lectura a los 10 y los 16 años con sus resultados en pruebas a los 5, 10 y 16. Compararon casos equivalentes: mismo origen social, mismos puntajes a los 5 y los 10, para que la pregunta fuera qué cambió entre los 10 y los 16.

Los chicos que leían libros seguido a los 10 y más de una vez por semana a los 16 avanzaron más en vocabulario, en ortografía y en matemática.

Lo que predijo la lectura por placer

Sullivan y Brown, Estudio de Cohorte Británico de 1970, publicado en 2015

Efecto más fuerte: el crecimiento del vocabulario entre los 10 y los 16 años
También significativo: ortografía y matemática
En comparación: tocar un instrumento no mostró un efecto equivalente
Efecto combinado de leer libros seguido, usar la biblioteca y leer diarios a los 16: unas cuatro veces la ventaja asociada a tener un padre o una madre con título universitario

El resultado en matemática sorprendió a los investigadores. La explicación de Sullivan es que un buen lector incorpora información nueva más rápido en todas las materias, así que la ventaja llega incluso a materias que no parecen tener relación con los libros.

Hay dos límites. Es una correlación sacada de una sola cohorte británica nacida en 1970, y los chicos que eligen leer pueden diferir de los que no de maneras que ningún control estadístico captura del todo. Los investigadores siguieron a las mismas personas hasta los 42 años y encontraron ventajas de vocabulario todavía medibles treinta años después, lo que refuerza el argumento sin cerrarlo.

En ese estudio, leer por placer estuvo más ligado al avance de un chico entre los 10 y los 16 años que el nivel educativo de sus padres.

El disfrute es lo que produce la cantidad

Si mirás las dos historias juntas, el mecanismo se vuelve obvio. La dama Sarashina leyó cincuenta capítulos del Genji porque no podía parar. Los torcedores pagaban de su bolsillo para escuchar el capítulo siguiente. En ningún caso el placer era un simple agregado a una actividad valiosa. El placer era la razón de la cantidad, y la cantidad es lo que produce el vocabulario, el conocimiento de fondo y la fluidez.

Eso cambia lo que en realidad intenta hacer una madre, un padre o un docente. El objetivo no es que el chico lea libros valiosos. El objetivo es que quiera tanto el capítulo siguiente que siga dando vuelta páginas durante años, porque el efecto se construye con los años.

Los números cambian, y primero empeoraron

El National Literacy Trust encuesta a chicos del Reino Unido todos los años desde 2005. En 2025, con casi 115.000 respuestas, el disfrute de la lectura entre los 8 y los 18 años llegó a su punto más bajo en veinte años: uno de cada tres dijo que disfrutaba leer en su tiempo libre, una caída del 36 por ciento desde 2005. La lectura diaria bajó al 18,7 por ciento, más o menos la mitad que dos décadas antes. En Estados Unidos, un estudio de 2025 en iScience encontró que la lectura por placer había caído más de un 40 por ciento en el mismo período.

La encuesta de 2026, con más de 125.000 chicos, muestra la primera suba en cinco años. El disfrute subió al 36,1 por ciento y la lectura diaria al 20,3 por ciento. Los dos siguen muy por debajo de 2016, y la brecha entre los chicos que reciben comida escolar gratuita y sus compañeros se amplió. Un leve repunte después de una larga caída.

En la misma investigación aparece el dato más útil para quien tiene en casa a un chico que no quiere leer. Los chicos que dicen que no disfrutan leer igual leen: letras de canciones, noticias, historietas, fan fiction, artículos sobre una película que les encanta. Dos de cada cinco dijeron que leerían algo relacionado con su película o serie favorita. Las ganas están intactas. Lo que falla es la distancia entre lo que se les ofrece y lo que quieren.

Cómo aplicarlo hoy

Dejalos elegir, en serio. Los torcedores votaban. Probablemente por ese voto la costumbre sobrevivió a la llegada de la radio, y por la misma razón un chico al que dejan elegir la historieta, el fan fiction o el cuarto libro sobre el mismo dragón seguramente lea más en un año que uno al que le ponen en las manos un clásico edificante.

Permitile abandonar un libro. La dama Sarashina ignoraba la orden de un sacerdote en un sueño. Un chico al que lo dejan cerrar un libro en la página treinta sin tener que dar explicaciones aprende que la lectura es suya. Un chico que tiene que terminar todo aprende que leer es una obligación con fecha de entrega.

Valorá todos los formatos. La investigación considera lectura a las letras de canciones y a las novelas gráficas, y el cerebro lector no clasifica por prestigio. El vocabulario viene de encontrar palabras en contexto, sea lo que sea que las traiga.

Leé en voz alta más allá de la edad en que parece necesario. Los torcedores eran adultos de manos curtidas, y pagaban por el privilegio de que les leyeran. Que te lean no es una etapa que los chicos superan. Es un placer que a la mayoría de la gente simplemente se le deja de ofrecer.

Que te vean leer. Todos los relatos de hogares lectores tienen el mismo detalle: alguien más en la habitación, absorto en un libro. La madrastra de Sarashina le contaba pedazos del Genji de memoria. Ahí empezaron las ganas.

¿Cuál fue el último libro que no pudiste soltar, y hace cuánto fue? Si pasó bastante, quizás la pregunta no sea si tenés tiempo, sino si últimamente alguien te dio el libro justo.

Fuentes y lecturas recomendadas

  1. Sugawara no Takasue no musume, Sarashina Nikki, c. 1059; translated by Ivan Morris as As I Crossed a Bridge of Dreams: Recollections of a Woman in Eleventh-Century Japan (Penguin Classics, 1975)
  2. Sonja Arntzen and Itō Moriˈyuki, trans., The Sarashina Diary: A Woman's Life in Eleventh-Century Japan (Columbia University Press, 2014)
  3. Murasaki Shikibu, The Tale of Genji, early eleventh century
  4. Araceli Tinajero, El Lector: A History of the Cigar Factory Reader (University of Texas Press, 2010)
  5. George E. Pozzetta, on lectors as educators in the Ybor City cigar industry
  6. Tampa Historical, "Education, Entertainment, and Enlightenment: Lectors in the Ybor Cigar Industry"
  7. Luisa Capetillo, Mi opinión (1911), and biographical accounts of her work as a lectora in Puerto Rico, Tampa and New York
  8. Alice Sullivan and Matt Brown, "Reading for Pleasure and Progress in Vocabulary and Mathematics," British Educational Research Journal 41:6 (2015), 971–991
  9. Alice Sullivan and Matt Brown, "Social Inequalities in Cognitive Scores at Age 16: The Role of Reading," CLS Working Paper Series (2013)
  10. Centre for Longitudinal Studies, UCL, "Reading for Pleasure and Children's Cognitive Development," summary of BCS70 findings
  11. 1970 British Cohort Study, Economic and Social Research Council
  12. National Literacy Trust, Children and Young People's Reading in 2025 (June 2025), based on 114,970 responses
  13. National Literacy Trust, annual literacy survey 2026, based on 125,375 responses
  14. Study on the decline of pleasure reading in the United States, iScience (2025)
  15. HarperCollins and Farshore, Children's Reading: How Do We Move from Endurance to Enjoyment?
  16. Frank Cottrell Boyce, Reading Rights report on inequalities in access to reader development
  17. Stephen D. Krashen, The Power of Reading: Insights from the Research, second edition (Libraries Unlimited, 2004)
  18. Emilia Pardo Bazán, La Tribuna (1883), a novel depicting reading aloud in a Spanish tobacco factory
  19. Alexandre Dumas, The Count of Monte Cristo (1844–1846)
  20. Ivan Morris, The World of the Shining Prince: Court Life in Ancient Japan (1964)